lunes, 15 de diciembre de 2008

Una brisa corre lenta y helada. Llega a vos; directo a tu nuca, recorre tu espalda. Te estremece, me complace, nos puso en alerta. Mirás de lado a lado hasta que me ves, aunque solo por un instante. Suficiente. Fingís nunca haberme visto, hasta el punto de mentirte a vos mismo. ¿Miedo a reconocerme? ¡Pasión por gritarte que aquí estoy!... y ansiedad por murmurarte al oído que no, no soy postergable.Una extraña pero envidiable felicidad me recorre de punta a punta. Ni la cotidianeidad logra desdibujar aquella sensación, que jamás podría ser descripta con palabras.Llego el codiciado momento; ¡soy rey, dueño, amo de tu futuro! No, ya nadie logra escucharte. Inmensas, reconfortables, sagradas carcajadas las mías. Gritás, saltás, enloquecés, desesperás… llorás. Dulce adicción la que me provoca. Sentís como cada segundo pesa, duele, hiere. Consumo tu sabroso sufrimiento. Ya nadie logra verte, excepto yo; en cualquier punto en que te encuentres. Necio, ya no sos vos, no estas allí. Te encontrás más cerca de mí que de ellos. Ya no regresarás, nadie lo hace.Tu dolorosa soledad hace un clima cálido, hostil, reconfortable. Tu desgarrado llanto no calma… jamás calmará. A medida que te acercás siento como una incomparable llama me completa. Vos, casi congelado, pálido, encendés aún mas esa llama. Exquisita recompensa; tu peor veneno. Llorá, gritá, desesperate, enloquecé, busca la inexistente ayuda… O D I A M E.

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